Otro
trago de whisky que bajaba por su garganta con el amargor y frío
que ella misma sentía. No habían servido ninguna de sus excusas ni
intentos para no acudir a la cena que la tenía bebiendo whisky con
la mirada perdida por su salón.
El
pequeño carruaje del oeste, un juguete de su hijo, a los pies del
sofá, la terminaba de hundir en la miseria. Normal, si ese juguete
parecía estar ahí destacándole que no tenia motivos reales para
estar mal humorada y deseando meterse en la cama cubriéndose la
cabeza con la almohada. Ahí se ahorraría la vergüenza de mirar a
su mujer a la cara. La vergüenza, el pudor, el arrepentimiento, el
miedo, y de vuelta, el deseo escondido, el mayor de sus secretos, el
silencio, la tentación, el morbo, y de nuevo, el miedo en otra
forma.