jueves, 3 de abril de 2014

Madrina 22


Que sabe nadie, de mis secretos deseos, de mi manera de ser, que sabe nadie. Porque nadie lo puede saber. No, no continúa así la canción, pero podría hacerlo si esa canción, hablase de Candela. Ser una niña, llegar a un Cortijo, entregarse por completo a una mujer de las de antes. Mujer de pies a cabeza, mujer capaz de embrujar a la misma luna, tejiendo bajo ella. Candela había rozado la gloria, mojaita en un río, y siendo aun niña, se la robaron sin ningún sentido.

Largos años de duelo, auto encerrada en el Cortijo de tan divina mujer, rehuyendo a toda moza, mocita, o casada. Ni olerlas cerca había querido y ahora, en ese coche que la llevaba de vuelta al Cortijo, le habían metido a una mujer contestona, con genio y guapa a rabiar. Normal que Candela mirase por la ventana sin querer saber de nada y de nadie.

Pero no iban solas, no. Con ellas iba Paco y la cuadrilla de la maestra. Mozos de alegre vivir que en cualquier detalle, buscan la guasa y más, si viene con nombre de mujer. Ninguno de los cuatro dejo de prestarle atención a la doctora camino al Cortijo. Que si va usted bien, que si le paso la bota vino, que si quiere parar a un café...no falto nada para ofrecerle y no faltaron guasas con las irónicas contestaciones de la guapa mujer.

Con la misma guasa que ellos gastaban contesto a sus ofrecimientos, sin perder de vista a la misteriosa maestra del toreo. Su semblante serio y maduro, curtido a base de pena, le hacían parecer el cuadro mas atrayente que pintase Goya. Sus largos y ágiles dedos, cuarteados de sol y campo, hablaban lo que su boca callaba. Lineas de vida, la misma que mostraban el contorno de sus ojos, unos ojos embrujados por un querer robado, que le daba un tono arisco, difícil de ignorar.

La maestra podía mirar por la ventana, queriendo que los kilómetros de distancia volasen y llegar así a su guarida. Refugiarse frente al gran cuadro de su Madrina, pintada de mantilla, matita recogida y rosa roja presidiendo su hermoso rostro. Mirarla hasta desgastarse por dentro y huir al mundo de los sueños, donde escuchaba su amoroso: Mi niña Candela. Pero, el ayuno auto-infligido, las largas piernas de la doctora, su manera de cruzarlas y su voz castigaita de tabaco, eran demasiado para unas ganas encerradas a la fuerza. Cabreada por verse buscándola en el reflejo de la ventanilla, dejo de mirar la tierra árida por la que circulaban.

- Paquillo, dame de beber- pidió su bota de vino y Paquillo, la miro para después mirar a la doctora sin saber que hacer.

- Nada de alcohol- hablo la doctora guardando la esperanza de que la mujer se dignara a mirarla, pero Candela la omitió con guasa, como su cuadrilla.

- No va a dar calor, la madriles- se quejo provocando la risa callada de su cuadrilla. Ahí estaba su maestra, ellos si conocían el brillo juguetón que mostraban los ojos de Candela- Y dame un protector, que dolor de estomago, también me va a dar.

- El protector ya lo ha tomado, era una de las cinco pastillas que ni miró- contesto la doctora sin amedrentarse y la cuadrilla disfruto de lo lindo, del duelo entre ambas mujeres- Digo yo, que en el campo rodeada de toros, sera menos ingenua.

- Dos buenas piernas, acompañadas de mejor palabrería, tie prometedor futuro en el Cortijo- dijo Candela guiñando un ojo a los mozos de su cuadrilla.

- De ese Cortijo, solo y únicamente, me interesa su milagrosa, como torera, recuperación- se lanzo a matar, consiguió herir de muerte y se alzo con las dos orejas de la pobre Candela. Aquella niña, hoy mujer, que ahora si, se giro a mirarla.

- Decía una copla- dijo Candela, privando de nuevo a la doctora de su mirar- Abrirme de par en par la puerta de los chiqueros- cantó cerrando los ojos- que yo quiero torear como Belmonte y Granero, fandango por molinete, y un pase por solea, una serrana de pecho- se quebró su voz y quebró con ella, el silencio que su cante había propiciado. Paco sonreía pensando en su madre y lo mucho que le gustaba cantar y no pudo continuar Candela, al pronunciar ese serrana.

- El toro se va arrancar- prosiguió su apoderado quitándose la gorrilla por María Eugenia y rozo la rodilla de la doctora, pidiéndole paciencia- Ay que el toro se va arrancar. Candela de mis entretelas, ¿tu te acuerdas cuando con tres costillas rotas te fuiste a separar las crías de las vacas? Una de tantas locuras, que puede llegar a hacer un torero. No espere de ella, más que la bravura y cabezonería de la que esta hecho, todo torero- bajo la voz para que solo la doctora lo escuchara- Son de goma y unos bravucones, pero luego es todo postureo y no hay uno solo en este coche o en el Cortijo, que no la vaya a recibir como merece- termino ganando la seria mirada de Candela, a la que él, ni caso hizo- Hubo un tiempo en que la maestra, piropeaba a todo aquello que llevase faldas- prosiguió para todo el coche y los mozos pronto quisieron saber mas- Mocita, ten cuidado con tu caminar, que los caminos se llenan de flores, solo pa verte pasar...- recito entre las risas de los mozos y la sonrisa de la doctora- Candela, no te me duermas que te tocan veinte pastillas mas- le dijo guason y esta vez si, Candela le sonrió para después recostarse en su asiento, dispuesta a dormir- No era nadie, mi Candela.

Que sabe nadie, como nace la atracción, como te nace de dentro y más y más quieres saber. El gusanillo por Candela, se instauro en los adentros de la doctora, y que corto se le hizo el viaje con las historias de una novillera sin picador que llego a un Cortijo, soñando con tardes de gloria.

Noche era, cuando Paco hizo detener el coche y acompañado de Candela, se bajo de él, ante la extrañeza de la doctora.

- A las puertas del Cortijo- se lanzo a explicarle el apoderado- Hay dos grandes monolitos. Uno es del Maestro Pavillas vestido de torero y otro, el de la señora de estas tierras, Doña Maria Eugenia.

- A Candela le gusta recorrer el ultimo camino a pie y presentarle sus respetos de la mano del hijo de ambos, Paco- prosiguió uno de los mozos sin saber que la doctora se había quedado enganchaita a la sonrisa con la que Candela miraba el monolito de tan espectacular mujer.

Sonrisa como aquellas que le regalaba en vida a María Eugenia, así sonreía Candela al monolito de su serrana.

- Ya me ties aquí de nuevo- dijo bajando la cabeza y Paco la cogió por los hombros- Y ya está tu hijo queriendo darme quebraderos.

- Jajaja- rió Paco ayudándola a caminar. Sabía de sobra los pasos, ahora pasarían por el monolito de su padre y Candela bajaría su cabeza al ritmo de un cargado de agradecidecimiento;"Paco". Repetidos los mismos pasos que daban al regresar al Cortijo, Paco no la soltó, queriendo hablar con ella- Supongo que te sería más fácil, sino fuese tan guapa- no mencionó a la doctora, porque a ninguno le hacía falta mencionarla para saber de quien hablaban.

- Tu madre ahora, te daría un buen azote. Una mujer es más que una cara bonita- lo corrigió queriendo huir de la nueva paliza por la doctora- Y no es tan guapa- sonrió divertida y hasta le dio, para golpear el estomago de Paco.

- Ahora si que mientes- contestó contraído por el cariñoso golpe, Paco- Es guapa y tie carácter. Eso todavía te lo pone peor.

- Pa,las cuentas que voy a echarle, me da igual- insistía Candela, pero la vista se le iba a lo lejos. Allá donde la doctora bajaba del coche atendida por todos.

- Muy bien...no le eches cuentas sino quieres, que tampoco es que la mujer se haya mostrado interesada en ti- golpeó Paco sonriendo por dentro. Candela seguía teniendo su orgullo- Pero hazme el favor, de no molestarla ni buscar discutir con ella.

- Que me deje tranquila y ya está- detenía sus pasos Candela, para mirar a Paco- Y no es guapa- buscaba molestarlo con el bueno humor que el olor a romero y albahaca, le daban. Aunque era menos, del que le proporcionaba  pisar esas tierras.

- Jajaja, repitelo mucho a ver si así, consigues que no lo sea. Se nos va a llenar el Cortijo de pretendientes. Dicen las malas lenguas, que anda soltera.

Y la soltera de la que ambos hablaban, abrazaba en esos momentos a la joven mujer de Paco. Una niña de apenas veinte años, madre de tres renacuajos, que por cada poro de su piel, gritaba lo buena niña que era. Imposible así, que la doctora no congeniase con ella y que fuese con esa niña, con quien compartiese sus primeros días en tan glorioso Cortijo.

Y fue esa misma noche, que la Doctora contempló el ritual que Candela repetiría cada día en ese Cortijo. Cuando todo el Cortijo dormía en un embriagador silencio, Candela salía dirección a las viejas casonas y en el resquicio de una ventana, se apoyaba durante largos minutos. Era el único tiempo, que la doctora disponía para verla tranquila y a sus anchas. Apoyada en un quicio, la imagen que desde la ventana tenía de Candela, le decía más que cualquier conversación mantenida con ella.

Pero, la doctora no caía, en que estaba en un Cortijo, donde todo, se termina sabiendo. María Mercedes desde su silla, una de aquellas primeras noches la sorprendió espiando a Candela. Fiel a su estilo, María Mercedes guió en silencio su silla hasta la ventana donde estaba la Doctora.

- Cada noche se baja a esperar a mi hermana- rompió el silencio y su forma de mirar o más bien admirar a Candela estremeció a la mujer- Dice que la ve pasear como antaño lo hacía- termino de decir y como la doctora, se quedó en silencio mirando a Candela.

A ninguna le incomodó el silencio ni la presencia de la otra. María Mercedes, porque desde su silla y su propio silencio, veía más que el que mucho se mueve y habla, y la doctora, porque María Mercedes le imponía un natural respeto. Sería por ser hermana de quien era, sería por la calma que en cualquier momento transmitía o sería, porque esa mujer lo imponía a todo el Cortijo, incluyendo a Candela.

- Puedes mirarla cada noche intentando descifrarla- volvió hablarle María Mercedes antes de rodar su silla camino a su habitación- pero te sera más fácil, leyéndola- prosiguió dejando la caja que portaba en sus piernas en una mesita- Aquí está, la verdadera Candela, la niña los picos- no dijo más y falta no le hizo. La doctora buscó sus ojos y en su silencio, acepto las gracias de quien ansiosa no pudo esperar para abrir la caja.

Fardos de cartas amarillentas sujetos por viejos lazos. Entre sus manos, las cartas de una niña Candela a su madre.

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Con mi propio puñal me dieron muerte y muerta le escribo este presente.

Tenga a bien mediante esta carta entender, que su hija no fue herida de muerte, pero muerta en vida quedó, cuando entre sus brazos se marchito, la rosa más bonita que ningún Cortijo dio.

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No había sido buena idea empezar por las más recientes cartas. Desvelada por el tesoro que en sus manos tenía, la doctora consumió su noche, navegando por los sueños de una joven novillero y su eterno amor, por una serrana de negros ojos y piel tostaita como el café.

Que sabe nadie, como miraría a Candela, ahora que si, había leído a la niña los picos. Que puede saber nadie, cuantas emociones vivió esa noche leyéndola y que puede saber nadie, si ni ella misma sabía, que tenía esa Candela para atraparla entre sus sueños.
 
 
 
 

1 comentario:

  1. Parece que nuestra Candela poco a poco va cediendo
    a la impertinente doctora...ella no lo sabe..pero es asi..

    Se le nota cuando se fija en esas piernas larguisimas
    ... seguramente de infarto...es un buen signo..esta viva..
    La doctora ''tie'' caracter..y la niña torera ya flaquea...
    la ve incluso guapa..sin quererlo reconocer..claro...

    Y aunque repito que...como M.Eugenia ninguna....esta mujer me
    gusta...me gusta su caracter y su valentia para enfrentarse
    con esa torera herida por ese amor y por esa mujer de Luna
    Unica e irrepetible...pero la vida no se detiene y el ciclo continua...

    Que decir Gemo...que escribir...lo mismo de siempre...
    Que me encanta y que..como escribes escritora...uffff

    Divina-Wilson

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