martes, 20 de agosto de 2013

Mi cinucenta cláusulas 28


Por supuesto que se iba a cambiar de ropa. Un coche la iba a recoger para ir a casa de Julia Arango. El sólo hecho de pensarlo y ya en el coche de Julia, un escalofrío la recorre de arriba abajo. Conoce a esa mujer de apenas hace unos días. Vale que coincidieron en Las Bahamas, ¿pero que intercambiaron? ¿Amenazas de si tú te muerdes deseo hacerlo yo?

Subidón y no sólo en pies de altura. Minerva siente como si fuese una tea, y Julia es la mecha. Basta una palabra, basta un recuerdo o basta un correo de Julia y todo su cuerpo la obedece prendiéndose.

Pero eso no quita, que son las tres de la madrugada, que ha dejado a sus amigos continuando la juerga en su ático y que ella va en un cochazo conducido por otra mujer desconocida, dirección a casa de Julia.

Pensar en las altas horas de las noches que son, le da regomello por la chica que conduce. ¿La habrá sacado de la cama para venir a por ella?

- Siento las horas, yo no...vamos...eh...que lo siento- Minerva improvisa y como siempre que lo hace no suena convincente. La sonrisa que la conductora le regala por el espejo retrovisor, le hace sonrojarse. Puede pedir las disculpas que quiera, pero horas de visita, no son. Esta clarísimo- En fin.

- No tiene que disculparse. Es mi turno habitual.

Como esta clarísimo que a Julia Arango, nadie se puede acostumbrar. ¿Desde cuando una alta ejecutiva en España necesita turnos de conductor?

Como sea, la Urbanización se abre para el coche, la conductora del mismo y para ella. Los lagos de la finca, complejo residencial que Minerva conoce muy bien. A poco más de diez minutos de Somosaguas. ¿Cuánto tiempo llevaría viviendo ahí Julia?

Urbanización exclusiva, donde el poder y el dinero, se convierten en casas donde los dueños dan rienda suelta a sus excentricidades. Dime en que Urbanización de Madrid vives y así se sabré cual es tu poder.

Las preguntas sobre Julia se amontonan y pocas van hallando respuesta. La de si Julia, es como el resto y da rienda suelta a sus excentricidades, halla fácil respuesta, cuando el coche entra en su finca y baja a un sótano gigantesco.

- ¡Wau!- exclama irremediablemente Minerva. Mire a donde mire hay coches de auténtico lujo.

- A la señora le gustan los coches.

- Ya veo, y las motos

- También las embarcaciones.

Para Minerva llegó el momento de pedir un stop. Vale que en el sótano haya Lamborginis, Ferraris, algún Rolls Roy,  Cadillac de colección e incluso un fórmula uno, ¿pero una zodiac? ¿En Madrid? ¿Dónde iba a poner en marcha una lancha acuática?

Ante semejante despliegue terráqueo y marino, sumando la avioneta exclusiva usada por ella misma, Minerva no puede más que poner los ojos en blanco. ¿Es necesario tanto capricho? Años discutiendo con su padre por estas cosas y mira con quien iba ella a tropezar.

- Cuando quiera- la conductora prosigue con su labor y abre la puerta para que Minerva salga.

Ahora que lo piensa, es agradable rodearse de mujeres. Y parece, al juzgar por cómo es la conductora, que para el servicio más cercano, Julia no emplea fotocopias. Salvo que en esa casa, ahora encuentre fotocopias de una mulata de metro ochenta, gruesa y de afable sonrisa. Bien serviría de guardaespaldas. Otro stop, bajándose del coche, su ayudante el día del reportaje fotográfico, era muy parecida a la conductora presente. ¿Copia? ¿Pero es que todo lo copia o debe tenerlo multiplicado?

Con tanta cavilación, Minerva llega al ascensor sin mirar más allá y sólo es consciente de lo tecnológico del ascensor, cuando la amable conductora le indica.

- La señora esta en el gimnasio, pulse efe tres cuando las puertas se cierren.

- Stop- Minerva solicita su tercer stop, esta vez en voz alta como en alto están sus manos. El panel del ascensor es una indescifrable suma de letras y números. Pero es que además, ¿a las tres de la mañana está en el gimnasio?. La conductora mirándola y haciendo lo propio con su reloj de pulsera, apremian a Minerva- Son las tres de la mañana y esta cosa me da un poco miedo.

La conductora, fiel a como se ha mostrado todo el camino, lo lanza ningún juicio, se limita a sonreír y explicar paciente.

- Es totalmente seguro y el gimnasio está ubicado en esta misma planta. Sólo se desplazará lateralmente- la conductora prosigue, explicando los sistemas de seguridad con los que cuenta el ascensor, pero Minerva deja de prestarle atención.

Su atención se la lleva el que debería ser el clásico espejo de todo ascensor, donde Minerva podría retocarse el cabello. No hay espejo donde retocarse y si una pantalla, que muestra relojes y lo que parecen movimientos bursátiles.

- Esos relojes indican...eh..

- Son los horarios de las principales bolsas mundiales.

- Yap- breve y un poco aniñada es la contestación de Minerva- no desconecta ni en el ascensor- su conclusión es tan obvia que una vez recibida la concebida sonrisa de la conductora, Minerva suspira- Póngalo en marcha...perdone, ¿se llama?

- Perdóneme a mi, no me presente. Soy Lola.

- Pues en marcha, Lola. No hagamos esperar a Julia. Me da que no le gusta.

- Jejejeje

La gracia dicha por Minerva, hace reír a Lola, aunque pronto deja de hacerlo. Ella sabe, lo poco que a su jefa le gusta esperar.

Sin más, ambas se despiden y Minerva junta sus manos implorando y Las puertas del ascensor se cierran, mientras Lola vuelve a reír.

Silencio, los segundos siguientes transcurren en absoluto silencio. El ascensor ni siquiera parece moverse.

- Como en el despacho, números y silencio. Con lo que me agobia a mi el silencio. Y luego esto, ¿como no tiene un espejo? ¿Dónde me miro yo? Ay...Minerva, dios mío que locura. Todo sea hablar por no comerme las uñas, aunque lo haga sola. A ver, esta es la hora de Estado Unidos, supongo que esta otra será Japón, índice Nikei o algo similar se llama y tres más. Ni idea, ya podría poner de donde son cada reloj. Y luego es que, a las tres de la mañana en el gimnasio, no había oído algo igual.

Minerva no es capaz de detener la nerviosa incontinencia verbal que está sufriendo. Va en un ascensor que se desplaza lateralmente por las paredes de la casa de Julia Arango y son las tres de la mañana. A ver o hacer fotos no va. Nerviosa y cediendo a la tentación de morderse una uña, Minerva no es consciente de que el ascensor llegó a destino y con sigilo abrió sus puertas.

- Depende del uso horario, ¿no cree Minerva?

- ¿Julia?

Hasta que la voz de Julia le da la bienvenida a su gimnasio. Los ojos de Minerva buscan ávidos la figura de Julia y cuando la encuentran se abren asombrados por varias razones. Primera porque Julia esta colgada del techo con extraño artilugio bocabajo, la segunda porque en esa postura y de espaldas a ella, Minerva y sus ojos se empapan a placer de la fornida espalda y glúteos de Julia y tercera, porque en un rápido movimiento, Julia cae de frente y a un sólo paso de ella.

- Llegaste justo a tiempo, Minerva.

- Me mareas con el tratamiento, ahora usted, ahora tú- cualquier tontería es válida, para Minerva. Lo que sea para no sucumbir a la tentación de olvidarse de tratamientos y pegarse a la piel traspirada de Julia, cubierta sólo por un pequeño top y unos runnings.

- Ven conmigo, después decidimos- Julia tira de ella cogiéndola de una mano y Minerva no puede más que seguir al ímpetu de Julia. En su rápido caminar por el gimnasio, no puede detenerse en ningún detalle y en la nueva sala, en la que es introducida, no hay nada, más que una enorme pantalla- Regreso en diez minutos.

Julia se despide sin que Minerva halla podido abrir la boca para decir nada y la pantalla se ilumina.

Minerva observa la puerta por la que Julia ha salido y la pantalla, sin saber muy bien que hacer. Pero entonces, la pantalla se enciende mostrando imágenes de lo que parece un concierto.

- No me lo puedo creer. ¿Fito?

Minerva se deshace sin poder reaccionar, es un concierto en directo de Fito y empieza su canción preferida.

"Lo he intentado muchas veces pero nunca me ha salido puede que me falte voluntad o que me sobre el vicio"

- Julia....¡es la leche!!



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